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bullet Ciudad acabada, ciudad recreada
  Joaquim Nadal. Consejero de Política Territorial y Obras Públicas de la Generalitat de Catalunya

 

El fin del franquismo supuso en todas las ciudades españolas la confirmación de un estado de provisionalidad y de precariedad exagerados. Las ciudades eran conglomerados a mitad de camino, sin los servicios imprescindibles y sin las dotaciones de equipamientos y de espacios libres estrictamente necesarios.

La irrupción de la democracia en el mundo local llegó tarde y con el calendario cambiado. La transición no traumática supuso la revolución desde arriba. Primero dos elecciones legislativas consecutivas, una de ellas, la primera, con carácter constituyente, para finalmente otorgar a los municipios la mayoría de edad que se les había regateado de forma contumaz. Pero cuando llegó supuso, pese a las dificultades económicas de toda índole, un auténtico vendaval, un torbellino de cambio y renovación. Hoy con la perspectiva de más de treinta años de democracia municipal podemos certificar que las administraciones locales, tachadas a menudo de menores de edad, han culminado la revolución silenciosa y pacífica más fabulosa de la historia contemporánea de nuestro país. En el transcurso de estas tres décadas se han sucedido tres crisis relevantes de la economía. Pero me conviene subrayar que los cambios se hicieron con prisas, el tiempo apremiaba, y las reivindicaciones ciudadanas no admitían demora. La impaciencia se desbordó y la confianza produjo adhesiones de primer nivel a una gestión amparada en realizaciones concretas y en ambiciosos programas de futuro. En más de una ocasión se tuvo la sensación vertiginosa de querer atrapar el tiempo y de acortar distancias con las ciudades del mundo desarrollado que llevaban unas décadas de adelanto, cuando menos desde 1945, en la materialización de programas socialdemócratas que atendían a las demandas perentorias de la ciudadanía. Llegábamos tarde, corrimos más, atrapamos el tiempo y en la brevedad del cambio acelerado se concentraron las virtudes de una modernidad rutilante que otras ciudades de mayor tradición y peso no pudieron tener.

Terminar la ciudad supuso en muchos casos acabar sus límites. Cerrar el espacio, culminar y colmatar el espacio físico. Tocar la ciudad construida del municipio vecino. Esta sensación de ciudad terminada, más aparente que real, escondía las limitaciones del modelo de crecimiento, las debilidades de la aceleración, las contradicciones de los espacios internos y la falta de maduración de soluciones sólidas pensadas de la ciudad hacia sus adentros. Terminaba, de este modo, una etapa fácil u obvia, donde las políticas eran las evidentes.

Llegábamos, así, en plena crisis de la globalización, a una nueva encrucijada sin referentes ni modelos. Sin ciudades anticipadas, sin modelos a seguir. No había ya donde copiar.

Ha llegado la hora de reinventar la ciudad. De definirla de nuevo. De pensarla con nuevos mimbres y con nuevos problemas. De dibujarla con nuevas soluciones y con nuevas ambiciones. En un contexto donde se avecinan nuevos tiempos, nuevas relaciones, nuevas profesiones, nuevos conocimientos nuevos valores.

La ciudad creativa se recrea a sí misma. La ciudad creativa se piensa a sí misma y se reinventa cuando llega al límite de la percepción de su agotamiento que no otra cosa es la percepción física de la ciudad terminada. Y tiempos, nuevas generaciones, nuevos tiempos, nuevas coordenadas. Enfoques distintos para problemas nuevos.

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