Cultura y covid-19

A continuación, comparto algunas reflexiones sobre el impacto de la pandemia en la cultura, aunque todavía nos faltan muchas evidencias y datos para evaluar sus efectos en el sector cultural; un ejercicio arriesgado que, sin embargo, considero necesario para poder sensibilizar sobre la magnitud de lo que esta crisis sanitaria, económica y social ha significado para la cultura. Muy esquemáticamente y siguiendo la estructura de un análisis DAFO (debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades), quiero señalar algunos aprendizajes sin afán de exhaustividad dadas las limitaciones del artículo.

En primer lugar, trataremos las debilidades. La covid-19 ha significado un empobrecimiento para todos aquellos que viven del sector cultural y ha puesto de relieve, con fuerza, la precariedad del mundo de la cultura. Según Eurostat, la Oficina estadística de la Comisión Europea, la crisis puede afectar a 7,3 millones de puestos de trabajo culturales en Europa. Más del 30% son autónomos y no tienen una protección social adecuada. Esta debilidad estructural refuerza, en el caso de España, la necesidad del desarrollo legislativo del Estatuto del Artista y de una regulación de la actividad intermitente de la cultura en consonancia con la existente en Francia.

La institucionalidad cultural también ha mostrado su debilidad. La cultura ha sido reivindicada como un servicio esencial y ha quedado claro cómo las políticas públicas no han desarrollado el derecho a la cultura como un derecho fundamental con todo lo que conlleva este derecho en términos de asignación de recursos públicos.

Asimismo, la pandemia ha puesto de relieve muchas limitaciones en la gobernanza del ecosistema cultural: bajo asociacionismo, debilidad del tercer sector y del sector   privado, así como falta de compromiso ciudadano con las entidades e instituciones culturales (véase entre otras la irrelevancia del mecenazgo individual).

Cuando se abordan las amenazas, es necesario señalar los efectos a corto, medio y largo plazo de la pandemia sobre las prácticas culturales ciudadanas y los hábitos de consumo cultural.  Durante el encierro la adquisición de contenidos culturales digitales ha crecido exponencialmente y todo apunta a que se consolida como una práctica cultural en el ámbito doméstico. Al mismo tiempo, los hogares sin conectividad y sin acceso a Internet han aumentado y la brecha cultural en el ámbito digital ha empeorado.

Pero, tal vez, la principal amenaza sea que, en el lento y complicado retorno a la normalidad, el sector cultural no haya tomado nota de sus debilidades y vuelva a la inercia y la falta de liderazgo compartido para abordar sus problemas. Consideramos necesario repensar la institucionalidad cultural, situada en un escenario de recursos limitados causados por la pandemia. Es necesario repensar la institucionalidad cultural desde la base del diálogo, la colaboración y el consenso.  Pero también serán necesarias medidas inmediatas y continuas de los gobiernos para garantizar la sostenibilidad financiera del sector cultural con la vista puesta en los fondos europeos de recuperación.

La primera fortaleza es, sin duda, la resiliencia de las y los profesionales del sector.  Profesionales de todos los ámbitos (público, privado y del tercer sector) que no se han resignado y que, de forma permanente, han estado resistiendo, innovando y ayudando a superar la crisis sanitaria. La casuística es ilimitada y para tener consciencia de su alcance recomiendo acceder a la página web de la Comisión de Cultura de la UCLG.

Por otro lado, la respuesta del sector público también ha sido clave para ayudar al sector cultural en su conjunto. Como ejemplo, véase el Informe de la Diputación de Barcelona en el que se recogen diferentes fórmulas comprendidas en el ámbito de las subvenciones extraordinarias aplicadas en varias ciudades del mundo.

La cultura del trabajo en red y la colaboración se ha consolidado y ha demostrado de forma fehaciente sus ventajas. Un poder de las redes que ha funcionado desde lo local hasta lo global. Se han transferido conocimientos, se han compartido experiencias y se han unido esfuerzos. Cabe resaltar en esta línea el trabajo de la Comisión de Cultura de la UCLG y la declaración conjunta de las redes internacionales de la campaña #culture2030goal.

Por último, en relación a las oportunidades, la pandemia ha abierto una ventana de oportunidad a la cultura reforzando su papel como bien esencial. También se ha reivindicado como generadora de sentido de pertenencia, se ha fomentado su interrelación con otras políticas (educación, desigualdades, planificación urbana, participación, espacios públicos…) y sobre todo se ha puesto de relieve su vinculación con la salud.  Y como se afirma y reivindica en la Carta de Roma: “Es la cultura la que dará forma a los valores y el proceder de las ciudades que deberemos renovar después del trauma del COVID-19″.

La actividad digital de instituciones y entidades culturales se ha acelerado debido a la pandemia y se ha convertido en uno de los retos prioritarios actuales del sector y, al mismo tiempo, ha generado muchos interrogantes. ¿Cómo gestionar la hibridación entre presencialidad y virtualidad? ¿Qué hacer frente a las grandes plataformas digitales? ¿Favorecerá la digitalización una mayor cooperación del sector cultural para consolidar iniciativas más competitivas?

La pandemia también ha puesto de relieve la vivencia y la experiencia cultural ausentes durante muchos meses. La participación ciudadana en el último Sant Jordi en la ciudad de Barcelona manifiesta el deseo de vivir y recuperar prácticas que, por ser habituales, seguramente no habíamos valorado lo suficiente. Se abre una oportunidad para conectar con más fuerza ciudadanía y sector cultural.

Presidente y director de Fundación Kreanta. También coordina el programa Ciudades Creativas (www.ciudadescreativas.org), la editorial de la Fundación (www.kreantaeditorial.org) y es director de CCK Revista.

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